Jamás he jugado al golf, pero dicen quienes alguna vez han practicado este deporte que se requiere una fortaleza mental a prueba de bombas. Me consuela pensar que esa misma fuerza habrá ayudado a nuestro Severiano Ballesteros a sobrellevar el trago de su enfermedad y muerte de la mejor manera posible.
Tal y como se ha dicho por activa y pasiva en estos días, Severiano y su euforia desatada de joven que gana el Open británico es una de las imágenes de nuestras vidas. Nunca podremos olvidar cuando su familia lo rodeaba en aquel campo machacado de un ventazo infernal.
Pero miren: hasta una muerte a destiempo puede dejar un recuerdo matizado en positivo por la personalidad del desaparecido y el legado que nos deja. El de Severiano Ballesteros está claro. Heredamos su ejemplo como espíritu de lucha, abnegación, dedicación, entusiasmo y saber estar. ¿Se puede pedir más?
El Campo de Gibraltar se quedó con un trocito de todo este bagaje cuando su intervención resultó decisiva para que la Ryder Cup de 1997 se disputase en el campo sanroqueño de Valderrama. La competición, que enfrenta a las selecciones de los mejores jugadores de Estados Unidos y Europa, jamás había salido hasta entonces de las Islas Británicas. Ahora él nos deja. Le decimos hasta siempre. Y nos quedamos con su recuerdo y el reto de imitar su ejemplo.